13 de abril. Barco de Ávila-Jerte (Cáceres). La floración de los cerezos silvestres es un momento estelar de la primavera. Perfectamente reconocibles en los bosques de hoja caduca, en las vaguadas, en las laderas de los valles, con frecuencia cerca de los cursos de agua, han sido siempre un símbolo de la belleza efímera que nos rodea: todo tiene su momento y pasa.
En el valle del Jerte, el valle más occidental de la Sierra de Gredos, los cerezos se han plantado en terrazas o bancales. Una cultura del territorio ha sabido adaptarse a las fuertes pendientes de las laderas, haciendo posible lo que es un amable paisaje biocultural. Conciliar usos y respeto de los valores naturales solo será posible con una planificación de los aprovechamientos hídricos que evite la sobreexplotación de los afluentes del río Jerte. Porque el Jerte es la floración de los cerezos, pero es mucho más que la floración de los cerezos.
Desde el castillo de Valdecorneja (Barco de Ávila), construido sobre un castro vetón, observamos el Tormes y su puente; y las estribaciones de la Sierra de Gredos, cubiertas de nieve. Escuchamos varias veces el canto del ruiseñor. Es un recién llegado. La primavera está en marcha. Todo va bien.
Subimos el puerto de Tornavacas siguiendo una ventana de tiempo soleado que se percibe claramente hacia el sur. Imposible no bajar al valle: prímulas y jacintos silvestres (Hyacinthoides hispanica) en los prados, el agua saltando en los arroyos, los cerezos en flor y la nieve en las cumbres. Una delicia. Es, sin duda, uno de los paraísos de la primavera temprana.
En Barco, al lado del castillo, una placa recuerda al escritor Andrés Sorel. Me alegro del homenaje. Y lo recuerda con una cita suya: «al final, todo es tan efímero que lo importante es haber hecho de tu vida literatura y de la literatura, vida».







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