17-19 de abril. Moncayo (Tarazona). Visitamos por primera vez Tarazona y el Moncayo en el verano de 2004. Veinte años después hemos vuelto. En primavera. Se unen recuerdos de los recorridos de entonces con el aliciente de hacerlo esta vez con mi hijo, y el disfrute asociado a las nuevas experiencias.
El macizo del Moncayo presenta varias singularidades por latitud, altitud, corología, aislamiento y geología. A escasa distancia entran en contacto las áridas tierras del Valle del Ebro con las cumbres del Sistema Ibérico. En el límite entre las tierras del Somontano y la base de la montaña, los carrascales y su matorral de sustitución (coscojares, romerales, aulagares), dan paso a bosques caducifolios eurosiberianos (abedulares, robledales, hayedos). El paisaje muestra el contraste de campos de cultivos de olivo y almendro a las faldas de la gran montaña nevada. He aquí un primer acercamiento a su belleza paradójica.
Desde el mirador de la Diezma (o desde Trasmoz) se divisan al oeste del cordal las Peñas de Herrera y, alineados de izquierda a derecha, los picos Lobera, Morca y San Miguel (2.315 metros), así como los circos glaciares de su cara norte: San Gaudioso y el Cucharón.
No es fácil observar la cumbre del Moncayo despejada. El monte cano está en pugna permanente con densas nubes. Entendemos su carácter simbólicamente sagrado. Lo imaginamos, desde su atalaya de hielo, tejiendo los sueños de la primavera. Quizás tejiendo también, en formas diversas, el destino de quienes habitan su territorio.
Hicimos tres recorridos principales, en diferentes jornadas: – Subida al Cucharón del Moncayo; – Subida a las Peñas de Herrera; – Paseo desde el Monasterio de Veruela hasta Trasmoz.
Tras visitar el manadero de Vozmediano, nacimiento del río Queiles, nos dirigimos a Agramonte, lugar donde parte una senda que conduce al Santuario Nuestra Señora del Moncayo. Se aprecian bien los diferentes pisos de vegetación. El sendero discurre, en las zonas encharcadas, por un abedular. Pronto atravesamos un bosque de rebollo, todavía sin hojas. A partir de ahí y hasta el Santuario, la vegetación dominante será el hayedo, acompañado de acebos y pequeños rodales de roble. Masas de pino silvestre, introducido a principios del siglo XX, salpican las laderas vestidas por los citados bosques caducifolios. Esta especie deja paso, cerca del límite del bosque, al pino negro de montaña (Pinus uncinata).
Al llegar al circo glaciar del San Miguel comprobamos que la nieve está helada, así que descartamos continuar hacia la cumbre. El lugar ya es magnífico. Las vistas sobre los pueblos del Somontano, maravillosas. Es momento de deleitarse con la observación de un narciso endémico de estos pastos, repisas y roquedos silíceos del Sistema Ibérico: el Narcissus eugeniae, descrito precisamente en el Cucharón.
La subida a las Peñas de Herrera la realizamos desde el pueblo de Talamantes, por el barranco de Valdeherrera. Las pedregosas laderas están cubiertas por densos encinares en los que abunda el guillomo. Al ganar altura, el erizón, que ha comenzado a florecer, domina el paisaje. En los crestones venteados nos sorprende un pequeño narciso junquillo propio del noreste ibérico, el Nacissus assoanus, que forma bellos céspedes.
¡Qué alegría ver en los paredones verticales de estas muelas calizas la corona de rey! Esta espléndida rompepiedras (Saxifraga longifolia), que conocemos de Pirineos y contados lugares de la Cantábrica, es planta perenne, longeva y monocárpica, que tarda años en florecer. Cuando lo hace, y lo hace de un modo espectacular con una panícula de cientos de flores, la planta muere. Una leyenda, que se remonta a la Antigua Grecia, cuenta que el cisne canta justo antes de morir su más bella melodía, después de haber estado en silencio durante gran parte de su vida.
El Moncayo es Marcial (lo menciona en sus Epigramas). Es el Marques de Santillana (con sus Serranillas), es Bécquer (se refiere a él varias veces en su obra Desde mi celda). El paseo entre el Monasterio de Veruela y Trasmoz, que Bécquer realizara con frecuencia, es sencillamente delicioso: al pie de las últimas ondulaciones del Moncayo, que levanta sus aéreas cumbres coronadas de nieve y de nubes. El Moncayo es también, por supuesto, Machado: al empezar abril está nevada la espalda del Moncayo.
Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado – escribe José Saramago en Viaje a Portugal-. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se ha visto en verano…
Volver. Recordar. Nada es igual. Nosotros tampoco.








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