El lobo. Hermann Hesse

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6–9 minutos

…giró su hermosa cabeza hacia la luz. Era la luna, que se alzaba por el sureste majestuosa

La población de lobos en Europa sufrió un declive drástico debido a la persecución y caza durante siglos, llegando a estar cerca de la extinción en Europa occidental a finales del siglo XX.

No toda la literatura ha maltratado la figura del lobo. Este extraordinario cuento de Hesse fue escrito en 1903. El lobo acabará teniendo una simbología esencial en su obra. Se ha dicho que el hombre es el único animal que sabe apreciar la belleza. Si así fuera, el relato nos muestra a un tiempo la humanidad del lobo y el salvajismo del hombre.

En nuestra relación con la naturaleza: ¿está el ser humano a la altura de su racionalidad?.

Nunca antes en las montañas francesas hubo un invierno tan terriblemente largo y frío. Desde hacía semanas, el aire era limpio, seco y gélido. Durante el día, los grandes e inclinados glaciares se extendían interminables, en un blanco mate, bajo el cielo de un azul cegador; durante la noche, la luna, pequeña y clara, se deslizaba sobre ellos; una luna furiosa, de un brillo amarillento, cuya luz intensa se tornaba azul y opaca sobre la nieve, y parecía la personificación misma de la helada. Las gentes evitaban transitar los caminos, y especialmente las cumbres; ateridos y maldicientes permanecían en las cabañas de sus aldeas, cuyas rojizas ventanas brillaban para apagarse pronto, de manera turbia y humeante, en la noche, bajo la luz azulada de la luna.

Eran tiempos difíciles para los animales de la región. Los más pequeños morían de frío en gran cantidad, los pájaros sucumbían víctimas de la helada, y sus flacos cadáveres servían de botín a los azores y los lobos. Pero incluso éstos pasaban enormes penalidades a causa del frío y el hambre. Sólo unas pocas familias de lobos habitaban el lugar, y la necesidad los obligó a estrechar los vínculos. Pasaron días caminando solos. Aquí y allí uno u otro avanzaba por la nieve, delgado, hambriento y vigilante, silencioso y esquivo como un fantasma. Su enjuta sombra se deslizaba a su lado por la nevada superficie. Husmeando, alargaba al viento su puntiagudo hocico, y de vez en cuando se escuchaba su aullido, seco y atormentado. Por la noche, sin embargo, todos se juntaban y rodeaban las aldeas con roncos aullidos. Allí, el ganado y las aves de corral estaban bien guarecidas, y tras los sólidos postigos había fusiles apoyados en la pared. Rara vez obtenían un pequeño botín, como un perro, por ejemplo, y dos miembros de la manada habían sido ya abatidos.

La helada persistía. A menudo, los lobos permanecían juntos, ensimismados y en silencio, dándose calor entre sí, y acechaban, con ansiedad, aquel terreno yermo, sin vida, hasta que alguno, torturado por las crueles punzadas del hambre, se incorporaba de pronto con tremendos aullidos. Entonces, los demás volvían sus hocicos hacia él y estallaban, al unísono, en un terrible alarido, tan amenazante como lastimero.

Finalmente, la parte más pequeña de la manada decidió emigrar. Abandonaron sus madrigueras y cuevas muy temprano, se reunieron y, atemorizados y agitados, escrutaron el aire gélido. Después trotaron con un ritmo raudo y uniforme. Los que quedaron retrasados los siguieron con ojos asombrados y vidriosos, y marcharon tras ellos algunos pasos más atrás, hasta que, indecisos y perplejos, se detuvieron y, con paso lento, regresaron a sus vacías guaridas.

Los emigrantes se separaron al mediodía. Tres de ellos giraron hacia el este, hacia el Jura suizo; los otros continuaron hacia el sur. Aquellos tres eran animales hermosos y fuertes, pero terriblemente demacrados. Su pálido y estrecho vientre era fino como un cinturón, en el pecho las costillas sobresalían miserablemente, las fauces estaban secas y los ojos permanecían abiertos de par en par, desesperados. Los tres llegaron juntos al Jura, y al segundo día cazaron una oveja; al tercer día, un perro y un potro; pero fueron perseguidos por doquier furiosamente por los campesinos de la región. En la comarca, rica en pueblecitos y pequeñas ciudades, se extendió el pánico a causa de los desconocidos intrusos. Los trineos del correo fueron armados, nadie podía ir de un pueblo a otro sin un fusil. En esta desconocida región, y tras un botín tan provechoso, los tres animales se sentían a la vez cómodos y asustados; se volvieron más audaces que nunca y asaltaron en pleno día el establo de una hacienda. Mugidos de vacas, crujidos de maderas astilladas, ruidos de cascos de caballos y jadeos anhelantes llenaron el espacio cálido y estrecho. Pero en esta ocasión hubo gente que intervino. Se puso precio a los lobos, lo que redobló el coraje de los campesinos. Dos de ellos cayeron: uno de un escopetazo en el cuello; el otro fue asesinado a hachazos. El tercero escapó y corrió hasta caer medio muerto en la nieve. Era el más joven y hermoso de los lobos, un orgulloso animal de poderosa fuerza y estilizadas formas. Yació jadeando durante mucho tiempo. Círculos de un rojo sangriento se arremolinaban ante sus ojos, y en ocasiones emitía un doloroso gemido sibilante. Uno de los hachazos le había alcanzado el lomo. Pero se recuperó y pudo levantarse nuevamente. Sólo entonces se dio cuenta de lo mucho que se había alejado. Por ninguna parte se divisaban personas o casas. Muy cerca se alzaba una enorme montaña cubierta de nieve. Era el Chasseral. Decidió rodearla. Como le atormentaba la sed, comió pequeños bocados de la congelada y dura corteza del suelo nevado.

Al otro lado de la montaña se topó pronto con una aldea. Caía la noche. Esperó en un denso bosque de abetos. Después se deslizó cautelosamente a lo largo de las verjas del jardín, siguiendo el olor de los cálidos establos. No había un alma en la calle. Tímido y codicioso, jugueteaba entre las casas. Sonó un disparo. Levantó la cabeza y comenzó a correr. Entonces estalló un segundo disparo. Le había alcanzado. Su vientre blanquecino estaba manchado de sangre en un costado, del que manaban gruesas y persistentes gotas. Sin embargo, logró escapar a grandes saltos y alcanzar el bosque al otro lado de la montaña. Allí esperó unos instantes, al acecho, y oyó voces y pasos que se acercaban por dos flancos. Presa del miedo, levantó los ojos hacia la montaña. Era escarpada, boscosa y de difícil ascenso. No había otra opción. Con aliento jadeante trepó por la abrupta pendiente, mientras abajo una confusa mezcla de maldiciones, órdenes y luces de linterna se extendía a lo largo de la loma. Tembloroso, el lobo herido avanzó por el bosque de abetos, casi en la oscuridad, mientras la parduzca sangre fluía lentamente de su costado.

El frío había disminuido. Al oeste, el cielo se presentaba brumoso y parecía anunciar nevadas.

Al fin, el exhausto animal alcanzó la cumbre. Ahora se encontraba en una gran extensión de nieve ligeramente inclinada, cerca del Mont Crosin, muy por encima del pueblo del que había escapado. No tenía hambre, pero sentía un dolor sombrío y persistente que provenía de la herida. Un ladrido débil y enfermo salió de sus descolgadas fauces, su corazón latía forzosa y dolorosamente y sentía cómo la mano de la muerte le presionaba como una carga indescriptiblemente pesada. Se sintió atraído por un abeto de denso ramaje apartado de los demás. Allí se sentó y dirigió una medrosa mirada a la terrible noche nevada. Así pasó media hora. Cayó entonces una luz rojiza y opaca sobre la nieve, extraña y suave. El lobo se levantó, gimiendo, y giró su hermosa cabeza hacia la luz. Era la luna, que se alzaba por el sureste majestuosa y roja como la sangre, mientras ascendía lentamente en el cielo oscuro. Hacía muchas semanas que no se mostraba tan grande y roja. Los ojos del moribundo animal se clavaron tristemente en el opaco disco lunar, y nuevamente un débil y doliente aullido, apenas sin fuerza, se escuchó en la noche.

Se aproximaron luces y pasos. Campesinos con gruesos abrigos, cazadores y muchachos con gorras de piel y pesadas polainas caminaban torpe y penosamente a través de la nieve. Resonaron gritos de alegría. Habían descubierto al agonizante lobo, al que dispararon dos tiros más que no dieron en el blanco. Luego vieron que se estaba muriendo, y cayeron sobre él con palos y estacas. Pero el lobo ya no sentía nada.

Con las extremidades destrozadas, lo bajaron a rastras hasta St. Immer. Reían y se jactaban mientras pensaban en el aguardiente y el café, cantaban y maldecían. Ninguno de ellos veía la belleza del bosque cubierto de nieve, ni el esplendor de aquellas cumbres, ni la luna roja que pendía sobre el Chasseral, y cuya tenue luz se reflejaba en los cañones de sus armas, en los cristales de la nieve y en los ojos vidriosos del lobo abatido.

Hesse, Hermann (2003). Cuentos, 1. Madrid. Alianza Editorial.

2 respuestas a «El lobo. Hermann Hesse»

  1. Avatar de
    Anónimo

    Espléndido cuento admirablemente escrito del formidable Hermann Hesse. Gracias por recordarlo.

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  2. Avatar de Andronicus
    Andronicus

    Un relato que remueve conciencias. ¿Es posible la humanidad sin la razón y la palabra? Puede que no… Pero hay un sentimiento de simpatía, de empatía, de compasión, hacia todo lo vivo que es ineluctable. ¿Cómo no sentir las penurias del lobo, cómo no hacer propia la tragedia de la vida salvaje? Si de ella venimos, de la naturaleza, nada de ella nos es ajena, y por tanto, es cabal y plenamente humana. No hay humanidad sin naturaleza. Gracias por compartirlo, un saludo.

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