De León a Bilbao en el Ferrocarril de Vía Estrecha

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2–4 minutos

30 de mayo-1 de junio. En el norte de España se encuentra la línea de ancho métrico (antes FEVE) más larga de Europa (León-Bilbao-Santander-Oviedo-Ferrol), una red ferroviaria con grandes posibilidades de uso como turismo de la naturaleza.
El tren León-Bilbao, heredero del antiguo Hullero o Ferrocarril de La Robla que transportaba el carbón de las cuencas mineras de León y Palencia a Bilbao, recorre 340 Kilómetros en 8 horas. Actualmente circulan dos modestas unidades automotor, estando electrificado solo el tramo Balmaseda-Bilbao. El tren sale diariamente de León a las 14.45 horas.

En el mundo de la Alta Velocidad, en un mundo de altas velocidades, es este un viaje en el tiempo y es, a la vez, un viaje fuera del tiempo, sin importar el tiempo.

El León-Bilbao debería reivindicarse como tren panorámico o escénico, dentro de una filosofía de viaje que pretende vivir intensamente el territorio. Atravesando cinco provincias, el recorrido presenta puntos de elevado interés natural: los valles del Torío, Curueño, Porma y Esla en León; la montaña palentina en Cervera de Pisuerga; Alto Campoo en Cantabria; Ojo Guareña y el Valle de Mena en Burgos, hasta llegar finalmente a la localidad de Balmaseda, ya en Vizcaya. El tren tiene como destino final la estación modernista de La Concordia en Bilbao, situada al lado de la Ría del Nervión.

Un elocuente pasaje del libro El Transcantábrico, de Juan Pedro Aparicio, refiere la belleza de alguno de los tramos del recorrido:

El Hullero se ciñe al terreno como un animal de los montes, como un mitológico ciempiés. Sin grandes obras de fábrica, sin grandes túneles, sin excesivos desmontes, contornea las vaguadas, trepa por las lomas con el esfuerzo de sus riñones como si en vez de topes y cadenas estuviera articulado por huesos y alma. (…) Nos acercamos al gran murallón de la Peña Losa; entramos en su regazo circundándolo por su camino interior, como una gota de agua que se deslizara por el cuenco de la mano. Hay madreselvas a ambos lados de la trinchera, madreselvas grandes, pobladas, floridas.


Manda el paisaje. Absolutamente. Valles y montañas, prados de siega, riberas, bosques. Melojares, quejigares, robledales, encinares, hayedos… Los piornos en flor, los espinos blancos, los saúcos, los escaramujos colorean los montes. La fauna silvestre, más que aparecer, desfila ante nuestros ojos: abubillas, perdices, aves rapaces diversas, zorros, corzos…
Uno no deja de sorprenderse de todo aquello que se puede ver desde el mismo tren debido al recorrido del trazado y al ritmo de la marcha. Puede así disfrutarse de un viaje interpretado, donde la geografía, los pueblos, la riqueza patrimonial, la orografía y el paisaje vegetal se muestran como si se estuviesen leyendo en un libro de viajes ilustrado o viendo en una película. Con el tempo adecuado.
El poeta villafranquino Antonio Pereira dedicó a otro antiguo tren correo unos versos que bien pudieran aplicarse -así lo sentimos nosotros- a este superviviente tren transcantábrico:

Te alabo… tren irrelevante, pequeño tren, y canto tu belleza subsidiaria.

De nosotros depende que seamos capaces de defender el Ferrocarril de Vía Estrecha del abandono de los poderes públicos. Un camino de hierro que vertebra esta tierra común, esta suerte de patria del corazón, que es la Cordillera Cantábrica.

Aparicio, Juan Pedro (2007). El transcantábrico. Madrid. Rey Lear. Acuarelas de José S. Carralero y Maribel Fraguas .

Paz Saz, Pepo (2009). Viajar en tren por el norte de España. De León a Ferrol en 22 etapas. Madrid. Anaya Touring.



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