Doñana

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5–7 minutos

28 de marzo- 1 de abril. Itálica- Sanlúcar de Barrameda-Pinar de la Algaida-Laguna de Tarelo-El Rocío-La Rocina-El Acebrón-Caño del Guadiamar-Lucio de Gangas-Playa de Doñana entre La Plancha y Matalascañas. Cádiz. Sevilla. Huelva.

Nuestro viaje comienza en la Domus de los Pájaros de Itálica, bajo el sol de Santiponce y el aroma de azahares y glicinias. Ante nosotros se despliega la guía ornitológica más completa del mundo romano: treinta y tres estampas que refieren esa vida que bullía a las orillas del Baetis. Las teselas que dan forma a garzas, ánades y águilas, son un testimonio de cómo el ser humano, desde hace milenios, ha quedado fascinado por las aves que habitan estas tierras.

De la piedra a la marisma. Apenas a una hora de distancia, el paisaje cambia, aunque los protagonistas sean los mismos. Al llegar a Doñana, el mosaico cobra vida. El itinerario consiste, en esencia, en seguir el rastro del agua. El río que trajo la riqueza a la Itálica de Adriano y Trajano es el mismo que hoy inunda las tierras de Doñana, bajo el mismo cielo azul de la Bética.

Esa noche llegamos a Sanlúcar de Barrameda, la emblemática desembocadura del Guadalquivir, el río grande. En el Pinar de la Algaida, el también llamado Coto de Sanlúcar, se encuentra la Laguna de Tarelo, laguna donde puede observarse a la malvasía cabeciblanca, joya amenazada de la avifauna europea. Los machos lucen ya su plumaje reproductor, con el pico de un intenso color azul y su cola notoriamente erguida.
Este tipo de ecosistema, nombrado como coto, lo recorreremos también en La Rocina y en El Acebrón: tierras altas y secas con pinares de piñonero y su matorral acompañante. Son suelos de arenas estabilizadas donde encontramos, en los lugares más húmedos, el monte negro: brezos, lentiscos, acebuches, sabinas moras, alcornoques dispersos… Y, en las zonas más secas, un monte blanco de jaras y labiadas.

Abunda en estos cotos la serradela (Ornithopus sativus), una leguminosa de gran valor nutritivo para herbívoros como el ciervo o el gamo. A su lado florece la campanilla de los arenales (Acis trichophylla). Es una planta de una fragilidad engañosa: poseedora de una sabiduría antigua, no lucha contra el viento, sino que se entrega a su abrazo para resistir.

Nuestra siguiente escala es la aldea de El Rocío, palco de honor sobre el teatro de la marisma. Tras años de acentuada sequía, el regreso del agua ha convertido el lugar en un hervidero de vida. En este balcón de Doñana, el blanco de las espátulas y el rosa de los flamencos contrastan con el azul puro del cielo. La riqueza de especies es abrumadora: anátidas (cucharas, azulones, cercetas, patos colorados), gansos, garzas reales, martinetes, cigüeñuelas, avocetas, agujas colinegras, pagazas piconegras… Incluso el esquivo avetorillo se dejó ver. En la Vera, zona de encuentro entre el coto y la marisma, la biodiversidad alcanza su punto máximo. Aquí la fauna no se esconde, sino que se exhibe ante la plaza pública como si de un salón social se tratara.

1. Domus de los Pájaros. Itálica. 2. Laguna de Tarelo. Sanlúcar de Barrameda. 3. Dunas móviles en la Playa de Doñana. 4. Matalascañas. 5. Flamencos en El Rocío. 6. Familia de ánsares. 7. Halimium calycinum. 8. Cierva en La Plancha. 9. Lentisco. 10. Centaurea polyacantha en los cotos. 11. Sulla coronaria. 12. Acis trichophylla.

La Madre de la Marisma, el cauce que recorre esta franja, actúa como rebosadero natural del Acuífero: el agua de lluvia filtrada a través de las arenas viaja de forma subterránea hasta chocar con el muro impermeable de las arcillas, viéndose obligada entonces a salir a la superficie. Este fenómeno es también el que da vida a los arroyos y bosques en galería de La Rocina y El Acebrón y a sus lagunas peridunares. Es precisamente en El Acebrón donde hemos escuchado por primera vez este año el canto del ruiseñor, ese mensajero de la primavera que tardará al menos una semana en alcanzar el norte de la península.

Cerca del Centro José Antonio Valverde, el Caño del Guadiamar actúa como eje hídrico de la marisma sevillana. Al inundar el Lucio de las Gangas, crea un ecosistema estratégico de aguas profundas que sirve de zona de cría y protección para múltiples especies. Cientos de moritos de plumaje tornasolado sobrevuelan las eneas, mientras una alfombra de anátidas, somormujos lavancos, gallaretas y zampullines cubren el agua. Desfile de garzas: imperiales, reales, martinetes, garcetas comunes, bueyeras e incluso alguna garceta grande. Aquí y allá, flamencos, avocetas y una multitud de milanos negros. Aquello era una «rave» natural. Un pájaro moscón –pequeño sastre enmascarado- regresa una y otra vez a su nido, bolsa tejida con esmero que cuelga de la rama de un sauce.

Entre el antiguo poblado de La Plancha y Matalascañas, el paisaje de Doñana se abre en un vasto escenario de dunas y playas de arenas vivas, caracterizado por la presencia del enebro marítimo. En el recorrido, la mirada se pierde tras un grupo de gaviotas de Audouin para, más tarde, admirar el porte majestuoso de un águila pescadora.  Bajo el sol, las antiguas torres almenaras se alzan como testigos mudos de la historia, vigilando una costa que se antoja infinita. Hubiera sido un regalo poder caminar la playa entera.

A pie de orilla, donde el correlimos tridáctilo corretea incansable siguiendo el vaivén de las olas, vemos el cuerpo sin vida de un delfín mular que ha traído la marea. Este penoso hallazgo, nada infrecuente en la zona, pone en evidencia la gran vulnerabilidad de los cetáceos en el litoral de Doñana, en ocasiones por causas naturales, frecuentemente por causas humanas: la pesca accidental y las colisiones con barcos.

En su obra La aventura de Doñana. Cómo crear una reserva, José Antonio Valverde narra la historia de la gesta conservacionista que condujo «in extremis» a la protección de este espacio natural. Aquel rescate crítico -en pleno franquismo- salvó a la marisma de una desecación inminente. Aunque Doñana nació formalmente en 1969, lo hizo con una extensión limitada. Esto motivó una reestructuración en 1978 que amplió sus límites y estableció las bases del régimen de protección actual. Desde entonces, las amenazas han persistido bajo nuevas formas: la presión urbanística de Matalascañas, la sobreexplotación de los acuíferos, la agricultura intensiva o los desafíos del cambio climático, entre otros.

Que abril siga asistiendo, cada año, a la vibrante explosión de la marisma. Y que podamos seguir celebrando la maravilla en este rincón del mundo. Dejémonos inspirar por la vitalidad de las aves, imagen de una libertad tantas veces postergada. La naturaleza es paciente. Hay un camino de regreso a ella. Pero, para encontrarlo, hay que estar dispuesto a reconocer, en el batir de unas alas, el llamado de nuestro propio pájaro espíritu.

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