Sierra de la Demanda riojana

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2–3 minutos

2-4 de abril. Mallos de Tobía y Matute. Integral de los Pancrudos desde Valvanera. Acebal de Valgañón. La Rioja.

«…yendo en romería caecí en un prado,/ verde e bien sencido, de flores bien poblado…» Gonzalo de Berceo.

Nuevo acercamiento a la Sierra de la Demanda, esta vez desde su vertiente riojana. Aquí, los Mallos de Tobía y Matute se alzan como centinelas de piedra, desafiando al cielo con imponente verticalidad. Su geomorfología, fruto del diaclasamiento tectónico y la erosión diferencial de calizas y margas, evoca los gigantescos Mallos de Riglos. En estos farallones de conglomerados rojizos, destaca la silueta caliza del Cerro Peñalba (La Caracola), un sinclinal colgado que corona el conjunto.

La planta de la jornada fue Adonis vernalis, que observamos en plena eclosión floral. No solo nos saludó en Matute, sino que también la vimos alfombrar los alrededores del Monasterio de Suso y la solana del quejigar de Valgañón. Es una rareza esquiva en el noroeste ibérico que protagoniza en cambio en estas tierras una espectacular floración temprana. Su heliotropismo es casi devocional: mira al sol sin parpadear, como si pretendiera eclipsar su luz. La planta es tan bella como tóxica.

En el acebal de Valgañón, alto valle del Oja, encontramos también florecida la ajedrezada pirenaica (Fritillaria pyrenaica), liliácea que comparte el mismo aura de belleza peligrosa que la anterior. Este taxón encuentra en el norte del Sistema Ibérico uno de sus límites naturales. Su nombre científico nos transporta a Roma, al fritillus, aquel cubilete donde los antiguos agitaban los dados, cuya forma parece haber cristalizado en el cabeceo elegante de sus pétalos.

1. Mallos de Tobía y Matute y Cerro Peñalba. 2. Matute. 3. Zorro en los Pancrudos. 4. Cabezaparda y Cuculla o Pico San Lorenzo.

Al día siguiente, partimos del Monasterio de Valvanera (del lat. vallis venaria) para completar la integral de los Pancrudos con sus cuatro cumbres. Accedimos al cordal por el norte desde el collado Saleguillas, muy próximos ya al Cuculla o Pico San Lorenzo (2.271 m), el techo de la sierra riojana. La nieve todavía resistía en las cimas y realizamos la ascensión conscientes de que sería, seguramente, la última vez que podríamos caminarla este año.

En el descenso, bajo la luz del atardecer, un confiado zorro se nos acerca. Hay una cortesía singular en el límite del día, cuando los mamíferos hacen acto de presencia. En el encuentro, en el cruce de miradas, leímos cierta indiferente despedida, como si se nos escoltara fuera de una montaña en la que nosotros, al fin y al cabo, solo estamos de paso.

Hospedados en Santo Domingo de la Calzada, sería ingrato no rendirse ante la memoria de su fundador: aquel santo ingeniero que, hoz en mano, decidió que al milenario encinar de Ayuela le sobraba naturaleza. Cuentan que el bosque, intimidado por semejante determinación ‘divina’, se abría sumiso a su paso. Al parecer, para mayor gloria del creador, a veces no queda más remedio que corregir su propia creación.

1. Adonis vernalis. 2. Fritillaria pyrenaica 3. Euphorbia characias. 4. Pleopsidium flavum 6. Morchella leucopus.

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